No. 487, Presencia común

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Descripción: ConfabulaCabezoteActual

FUNDADORES: Gonzalo Márquez Cristo y Amparo Osorio. DIRECTORA: Amparo Osorio. COMITÉ EDITORIAL: Iván Beltrán Castillo, Fabio Jurado Valencia, Marco Antonio Garzón, Carlos Fajardo. CONFABULADORES: Fernando Maldonado, Gabriel Arturo Castro, Guillermo Bustamante Zamudio, Fabio Martínez, Javier Osuna, Sergio Gama, Mauricio Díaz. EN EL EXTERIOR: Alfredo Fressia (Brasil); Armando Rodríguez Ballesteros, Osvaldo Sauma (Costa Rica). Antonio Correa, Iván Oñate (Ecuador); Rodolfo Häsler (España); Luis Rafael Gálvez, Martha Cecilia Rivera (Estados Unidos); Jorge Torres, Jorge Nájar, Efer Arocha (Francia); Marta L. Canfield, Gabriel Impaglione (Italia); Marco Antonio Campos, José Ángel Leyva (México); Renato Sandoval (Perú); Luis Bravo (Uruguay); Luis Alejandro Contreras, Benito Mieses, Adalber Salas (Venezuela);
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con el asunto “Retiro”


PRESENCIA SIEMPRE COMÚN

Descripción: gonzalo-marquez-cristo Grecia
Gonzalo Márquez Cristo
Febrero 1º. de 1963 - Mayo 24 de 2016

    Chali: ¿Cómo se puede hablar de ausencia si sigues tan presente? ¿Cómo se puede decir que no estás si cada poema, cada camino, cada lectura y cada música conducen a tu presencia y reviven tu férrea vocación por la alegría de vivir, por ser el amigo de los amigos, y el interlocutor complejo en la ardua travesía del tiempo?
Hoy como hace dos años la lluvia golpea la ventana.
No quiero revivir el dolor de entonces, ni relatarte estos duros tiempos con su vaivén de extrañezas y de orillas oscuras.
Quiero celebrar la vida que viviste, plena y rica de todos los matices que te condujeron siempre a lo que más amabas: la poesía. Y al celebrarla, leo de nuevo para ti ese poema de Jorge Luis Borqes que tanto repetíamos y transcribo el tributo de algunos de tus siempre amigos:

Amparo Osorio

LAS COSAS

El bastón, las monedas, el llavero,
la dócil cerradura, las tardías
notas que no leerán los pocos días
que me quedan, los naipes y el tablero,
un libro y en sus páginas la ajada
violeta, monumento de una tarde
sin duda inolvidable y ya olvidada,
el rojo espejo occidental en que arde
una ilusoria aurora. ¿Cuántas cosas,
limas, umbrales, atlas, copas, clavos,
nos sirven como tácitos esclavos,
ciegas y extrañamente sigilosas!
Durarán más allá de nuestro olvido;
no sabrán nunca que nos hemos ido.


A GONZALO MÁRQUEZ CRISTO

Buenos días compañero. Igual que siempre te leo mis poemas. El color del día me dice que han venido tus amigos y juntos te abrazamos, mientras la paz que es toda poesía, nos ayuda a escuchar tu voz.

Treinta días de tu impulso.
Te levantas de la tierra
Profunda donde no hay error.

Poesía de un solo impacto.
Se rompen las palabras
señaladas,
más oscuras cuando digo:
“Compañero, eres otro libro
Que no le teme a la oscuridad”.

Hernado Socarrás


UNA CARTA MEMORIOSA


Por: Iván Beltrán Castillo

Querido Gonzalo:

Durante la última semana, casi siempre acechados por el bellísimo Lago Michigan, o caminando ese Chicago Riverwalk donde los jóvenes  vuelven a celebrar la sensualidad y la espera del verano cual si fuesen las primeras  y las últimas criaturas que pisaron el mundo,  o acechados por esa torre kitsch y desapacible de Mister Trump, o por los formidables edificios del muy ecléctico centro de esta urbe, nos has acompañado, nos has seguido, nos has escuchado, con esa forma sutil de comunión que es propiedad exclusiva del ausente.
Hablamos mucho de tí, como dos amigos que te quisieron y  te echarían de menos  si no estuviesen seguros, con el antiguo poeta,  de que los muertos viven en los labios de sus amigos, en las palabras que les restituyen y prolongan, y de que siempre una conversación,  una ventana, una puerta o el más simple suspiro están a punto de operar  el milagro que anula  la necesidad de pasaportes o ásperos agentes aduaneros.  Quien sabe recordar con  delicadeza nunca estará solo y comprende que las adversas fronteras, son apenas ficciones ante los poderes luminosos de la imaginación.
Martha Cecilia ha escrito un texto paciente y delicado  donde rastrea las fuentes de tu casa mental y de los seres que por ella deambulan, y yo le  he referido, en  ese sublime caos que impone la memoria, un par de  formidables anécdotas de aquella juventud incierta que felizmente compartimos, la que sistemáticamente me niego a abandonar,  y que rescato, hermosa e invicta, de vez en vez, cuando escribo un buen  texto.
La hice verte, Gonzalo, ascético y dulce como un muchachito de El Greco en las aulas del Gimnasio Aristotélico de  Bogotá, al final de los años setentas, víctima como yo  de la sospecha de que no queríamos entrar al mundo, a nuestro país y a la realidad, por la trajinada puerta delantera. Fue cuando, de manera increíble, una tarde de literatura y bostezos (el colegio transforma lo que debió haber sido placer en somnolencia y pesadez), en el curso de un acto literario, dijiste un verso de Verlaine con una propiedad y una elocuencia que no correspondían a tus quince años. No fue, entiéndaseme, solamente un muchacho alto y delgado recitando un verso de un gran poeta francés. Fue más bien como encontrar en la ruta, un mensajero que, impulsado por la insustancialidad reinante, empieza a hablar en un precioso idioma olvidado, o como el rescatista que llega nadando hasta donde un  temerario se está ahogando en alta mar. No estoy solo, fue lo que pensé, y a la salida de clase empezamos un diálogo que todavía perdura a pesar de tu muerte.
Luego, saltando de un año al otro, cruzando el almanaque como graciosos pájaros migratorios, referí a Martha Cecilia la historia del reportaje que, a los veinte años, inventaste al Nobel colombiano Gabriel García Márquez, y que prefiguraba tu invencible sentido del humor. Convencido de que el  gran Señor de Macondo, a quien habías  solicitado una entrevista por todos los medios posibles y valiéndote de cuantas personas claves pudiste contactar, no daría jamás el sonado reportaje para el que tenías preparadas las más ardorosas inquisiciones, junto al joven escritor Miguel Rodríguez, se dieron a la construcción de la más increíble entrevista imaginaria. Una pieza, mitad ficción y mitad escrupulosa navegación en las aguas ficcionales garciamarquianas, terminaba por arrojar mejores y más confiables luces que cuantos interviú realizaban por aquellos años. Los dos jóvenes llevaron su obra a Enrique Santos Calderon en El Tiempo, y este, tocado por la emoción ante la calidad del trabajo que se le ofrecía, le dio la primera página y un lugar destacado abriendo la separata de reportajes y textos exclusivos.
Un pequeño detalle, quizás un dato insignificante, obligó a Santos Calderón a consultarle a Gabo solo para corroborar aquella fruslería. Cuán sería su sorpresa: el novelista laureado, convertido en un ser histérico y supremamente ofendido,  vociferó a todo pulmón que nunca había concedido aquel reportaje; su esposa Mercedes citó a los jóvenes reporteros a su casa bogotana para reprenderlos con fuertes frases y el autor de Aracataca gastó su columna dominical de El Espectador en despacharse contra los imberbes atrevidos.
Sin embargo ese reportaje, publicado años después por un editor travieso que vio en él una anécdota maravillosa y una minuciosa inmersión en las aguas macondianas,  no era una mentira ni una ficción, y lo que revelaba era esa capacidad tuya para trabajar desde la intuición los más difíciles y caros de los acertijos humanos. Contenía una verdad secreta, la misma que tú, Gonzalo, años después, te dedicaste a perseguir desde tus páginas, tus poemas misteriosos y plenos como un cuadro de De Chirico, desde tus indagaciones ensayísticas en las obras de pintores y poetas entrañables, desde tu única novela, cuestionada y difícil de tratar a la manera de Paradiso o Ullyses, y desde cada una de las empresas que te inundaban al principio de cada día.
¿Cuántas escenas deleitosas? ¿Cuántos minutos adorables y cuantos locos proyectos? Es por eso que desde aquí, desde este Chicago donde te hemos sentido tan cerca, no queremos hablar sobre tu muerte sino renovar nuestra fe en lo fecundo de tu vida.

Chicago, Mayo 2018

EL AHÍ DE GONZALO MÁRQUEZ CRISTO

Por: Martha Cecilia Rivera,

Propuso Martin Heidegger que ser significa ser-ahí, haber sido arrojado a un ahí. Sin ese ahí, el ser no es. También se discute, en la filosofía moderna, sobre si a la noción de haber sido arrojado llegó Heidegger inspirado por la idea kierkegaardiana de que el ser humano ha sido expulsado, y esta resultante a su vez de la influencia del pensar cristiano sobre la expulsión del paraíso como consecuencia del pecado. Aún sin aventurarse en un análisis que escapa a este momento y espacio, parecería que una pregunta necesariamente latente en estas coordenadas del pensar, es esa misma pregunta que al parecer obsesionó al gran poeta y pensador Gonzalo Márquez Cristo en su ahí, la pregunta sobre el origen.
La pregunta por el origen aparece en Márquez Cristo de una forma constante. Se insinúa aquí, seduce allá, se enseñorea soberana y soberbia a cada instante, desde primeros momentos como el de “Tempestario y otros relatos”, hasta el legado para nuestro ser parte del cosmos, todavía por cobrar, que es “La morada fugitiva”, sin que sea legítimo no nombrar ese inestimable regalo que nos entregó este pensador poco antes de enfermar de cáncer, “El libro de la tierra”, viaje de itinerario sutil y maravillado a través de cómo ha pensado, el ser que piensa, su ser en un ahí mayor, la Naturaleza. Lectura obligada, y obligatoriamente concienzuda y elevada, es “El libro de la tierra” para quien se sienta parte del mundo de las letras.
Me he dado a buscar pistas sobre ese ahí de Márquez Cristo en donde la pregunta por el origen encontró una casa. Empecé en el narrador, no en el poeta ni en el ensayista, porque no escapo a mi ser de ser un inventor de personajes. Ese es mi ahí, y en mi ahí mi ser está arrojado.
Escogí como primer corpus esas recurrencias en sus personajes que revelan la obsesión del autor. Empecé en “El tempestario…” porque esa obra se me convirtió en un templo perseguido en todo andar, uno donde el culto al vigor de la palabra, o es adoración total o no es nada.
Las pistas que propongo son apenas títulos. Les daré cuerpo después, en ese lugar no sometido a cánones de número de cuartillas que es mi ventana frente al Lago Michigan en Chicago, mientras hilvanaré un diálogo que quizás suceda alguna vez con quien se una al intento de desentrañarlas:
DesdoblarseSe desdoblan, los personajes en los relatos de “El tempestario”. En realidad se transmutan en identidades diferentes de la propia. Se trata de actores principales, no de testigos, y cada uno es consciente del poder que ejerce para transformarse deliberadamente en un otro que extrae desde adentro de sí mismo. Un buen ejemplo es el Nadie que jura no regresar a Ítaca.
Inmolarse. Conocen desde el principio que su condena es el sacrificio. Y no solo se encaminan hacia ese sacrificio con la firmeza con la que efectúan los rituales que en él culminan, sino que además lo celebran. El tono de su decir, jubiloso y lleno de ardor, y la atmósfera de esfera superior y abstracta que les brinda el autor, evidencian una gran celebración interna: “La elección del árbol”, “El albirel”, “Jaguar Ahuasca”.
Perpetuarse. Se repiten, son ya antiguos en esos rituales de sacrificio. Los personajes de “El rito”, “La condena”, “Cataure”, mueren pero no mueren, se quedan. Otros, como “El oculto” y el hechicero de “Las tumbas de Arez”, permanecen en las imágenes de sí mismos, o en el Sol, noción animista de encarnaciones y reencarnaciones que quizás sin proponérselo diseña el autor como esencia de sus personajes.
Con lo que me encuentro ahora en estos tres títulos principales, es con personajes (¡seres!) cuyo ser-ahí es estar condenados a desdoblarse, a inmolarse para perpetuarse. ¿En qué momento han sido arrojados a semejante destino? ¿Desde dónde sucede? ¿Terminará alguna vez, acaso?
Es posible que estos interrogantes vengan a ser ese apuntalamiento válido que busco para rastrear la pregunta de Gonzalo Márquez Cristo sobre el origen. Habrá que desarrollarlos antes de continuar la búsqueda en “Ritual de títeres”. 

Chicago, 2018

GONZALO MÁRQUEZ CRISTO: 
EL AMIGO DE ENTONCES

Por: Mónica del Pilar Uribe Marín

En un café-bar de Tunja, hace varios años, conocí a Gonzalo. Estaba con Omar, un amigo suyo de vieja data, aunque realmente entonces Gonzalo era un joven ‘demasiado joven’ acometido por una fiebre de mundo, de literatura y aventuras que parecía inacabable. Y creo que jamás se consumió. Yo estudiaba Periodismo en la Javeriana y en ese momento hacia mis prácticas en el periódico regional de esa ciudad, por lo que conocer a Gonzalo fue una brisa fresca que reafirmaba mi gusto por la literatura.
Regresé a Bogotá, donde continuamos lo que aquella noche en el bar se anunció como una amistad franca, cálida y exploradora del conocimiento. Si bien yo había crecido en un ambiente de escritores, Gonzalo me llevaba años de lectura y fue allí donde nuestra amistad halló una coyuntura. Mis lecturas de tradicionales autores, se tropezó con su rebeldía intelectual que opinaba que más allá de García Márquez, de los costumbristas y otros siempre leídos, había un amplio mundo literario por descubrir, navegar y enriquecer. Además, su pasión no culminaba en la literatura sino que hacía de ella su vida y, en ese sentido, empezaba a forjar una filosofía propia, una actitud concreta.
Nos veíamos con mucha frecuencia y poco a poco conocí a sus otros amigos: Miguel, Esperanza, Jose Manuel, Yirama. Entonces me empezó a hablar de Común Presencia, lo que pensaba sería una revista donde escribirían sus obras como protesta ante los espacios vedados a quienes no formaban parte del establecimiento de faunos y que no eran amigos de los escritores vedetes. Allí publicarían sus poemas, ensayos y cuentos… serian irreverentes, pondrían a Fernando Pessoa, a Cioran,  a Lawrence Durrell, René Char, Andree Chedid y muchos otros que no ocupaban las bibliotecas del lector promedio. Sería su reino en este mundo. Y lo instauraron.
Fueron noches de lecturas de poemas (ellos leían los suyos, pues los míos eran para mantener bajo llave), de gritos a la luna, de anuncios de suicidios y de amor a la vida, de tonterías y brillanteces, de reírme al verle bailar sin ningún oído, pero de asombrarme al escuchar o leer sus versos de extraña profundidad y belleza.
Gonzalo era mi amigo entonces, nos hacíamos confidencias, nos presentábamos nuestros aliados afectivos y sabíamos de nuestros enemigos, reíamos mucho, maldecíamos el mundo y bendecíamos la belleza. Y si bien mi labor periodística llevaba su propio rumbo, coincidía yo en la de él de una u otra forma, e incluso en “Común Presencia” - que para entonces ya era un hecho de factura única y que sentaba un hito en el predecible mundo de las letras colombiano- publiqué alguna vez, así como él lo hizo en la revista que entonces yo dirigía y donde incluí más de un escrito de él y los otros  ‘comunes’…
Después le acompañe en un sueño ligado también a la literatura, pero digamos que mucho más terrenal, un bar al que llamaron “El Amor loco” y que él y Amparo habían abierto como escenario para lectores y lecturas, sin límites de tiempo ni obligaciones de consumo… Como era de esperar, tanta libertad y anarquía en un mundo mercantil, hizo que el asunto fracasara estruendosa aunque dignamente, pues si bien ninguno sabía cómo hacer negocios, puedo decir que al menos allí pasamos todos muchos momentos alegres y delirantes.
Gonzalo solía ser un crítico implacable, pero de igual forma se deleitaba en elogiar algo cuando juzgaba que lo merecía.
Pienso que al igual que sus amigos de entonces, yo era también una aliada de su talento y su rebeldía, y quizás por ello le escuchaba y aprendía cuando era necesario, desde esa, mi adolescencia terminada, donde todo se volvía asombro. El, desde su orilla, también se mostraba dispuesto a aprender de otros y a escuchar.
Vi su “Apocalipsis de la Rosa” antes de que fuera publicado y después su “Ritual de títeres”…
El me acompañó a mis éxitos periodísticos en la revista y yo a los suyos, sobre todo porque yo había asistido al planeamiento mismo de lo que sería su siempre “Común Presencia”… Sus amigos poetas fueron en aumento con cada encuentro literario, así como lo fue la ‘construcción’ de su transnacional Esencialismo, un movimiento al que habían puesto dicho nombre porque instauraba una forma diferente de vivir y sentir en la creación literaria.
También me hizo partícipe de lo que hasta el momento de perderle la pista, supe que era el gran amor de su vida: Amparo Osorio, también poeta e irreverente, y que había causado en él una profunda impresión desde el primer encuentro. Así me lo dijo el día que llegó a mi oficina con los ojos brillantes y exultante, diciendo que había tocado las puertas del paraíso.
Así transcurrieron los años, lo vi madurar, nos vimos madurar, conocimos y perdimos amigos mutuos, hicimos nuevos amigos y nuevos enemigos. Le vi viajar a hacer lo que para mí sería su primera gran entrevista, la que, junto a  Amparo, le hicieron a EM Ciorán en su casa de París, y que sentados en un café de Chapinero, me describieron en detalle desde cuando la planearon hasta cuando el pensador llegó de comprar un para para la cena. Pocos entendían porque tanta alegría mía con esta entrevista, pero es que desconocían que Ciorán se hallaba entre nuestros autores preferidos de entonces y que en las noches de rumbas o tardes de largo café nos hacía ver el mundo de una manera sombría, pero también soberbia y con hondura.
Luego siguieron otras entrevistas, muchas grandes entrevistas… Publicó su primer, su segundo libro, atendió cocteles y ofreció recitales, solo o con sus amigos de la revista… crecía en su universo creativo…
El tiempo no le quitaba a Gonzalo esa manera suave de ser o parecer sencillo, de reírse mucho sin mucho ruido, de burlarse de todo o mucho, de sentir afecto profundo por sus amigos, de parecerle imposible una vida sin Amparo, de no concebir una noche que no terminara a la madrugada, de acumular exquisitos gustos literarios y estéticos, de llorar sin vergüenza al sentirse conmovido por el dolor, el amor o la belleza, de ser amigo solidario y acompañarme en surreales proyectos profesionales o de amor.
Sus amigos ya no eran solo los que conocí en los inicios. Eran otros más que habitaban diferentes geografías.Lo cierto es que en cada cosa que compartíamos y que le veía hacer, yo descubría a un Gonzalo infinito, interminable…
Pero un día le perdí la pista, por una u otra razón. Luego me mudé a Inglaterra y, con el transcurso de los años, nuestra amistad tomó forma de recuerdo adherido a las paredes de mi memoria.  Y si bien intercambiamos alguna comunicación referente a nuestro nuevos proyectos, él con la Fundación y yo con el periódico en Inglaterra, no le volví a ver nunca más.
Un día, leyendo un número de ‘Confabulación’ me enteré de su muerte. Las líneas amorosas y profundas escritas por Amparo como despedida y homenaje, me llenaron de dolor. Siempre sorprende la muerte, pero aún más en estas circunstancias… Afortunadamente, tengo suficientes buenas memorias como para imaginar que la amistad en el tiempo jamás fue fracturada.

UNAS PALABRAS
 PARA GONZALO MÁRQUEZ CRISTO

Por: Carlos Fajardo Fajardo

  Querido Gonzalo, ¿quién dijo que los poetas mueren? Ellos  viajan, asumen su eterna condición de viajeros, creando posibilidades como tú lo hiciste a lo largo de toda tu vida, inventando regiones donde el viento es rey  y la poesía luminoso astro.  Poeta, tus palabras, tu amistad estarán presentes en nuestros senderos de bruma, para iluminar estas constantes sombras.
Nos harás mucha falta amigo; harás falta a esta generación de confabulados para pensar, reflexionar, leer a hechizados poetas, soñar en locas empresas poéticas, para reír, amar y bebernos el vino que quedó pendiente, emborracharnos cantando nuestras canciones amadas, para escribir y conversar emocionados hasta que se rompa el alba.
En eso consistía para ti la amistad y la poesía ¿te acuerdas?

Tantos recuerdos en nuestras mochilas de viento; tantos proyectos Gonzalo. Son asuntos que se depositan en el corazón y salen hoy para evocarte y recordarte llenos de complicidad y admiración por tu obra, por ese importante  legado que has dejado  y por el cual deseamos agradecerte, darte las gracias “por tantas alianzas sensibles” como nos decías lleno de abrazos y estremecimientos. Sí, tú lo escribiste: “Vino la muerte y su cuerpo de cristal… Un viaje siempre precede a la vida”.


No. 486, Nuestros autores (4)

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FUNDADORES: Gonzalo Márquez Cristo y Amparo Osorio. DIRECTORA: Amparo Osorio. COMITÉ EDITORIAL: Iván Beltrán Castillo, Fabio Jurado Valencia, Marco Antonio Garzón, Carlos Fajardo. CONFABULADORES: Fernando Maldonado, Gabriel Arturo Castro, Guillermo Bustamante Zamudio, Fabio Martínez, Javier Osuna, Sergio Gama, Mauricio Díaz. EN EL EXTERIOR: Alfredo Fressia (Brasil); Armando Rodríguez Ballesteros, Osvaldo Sauma (Costa Rica). Antonio Correa, Iván Oñate (Ecuador); Rodolfo Häsler (España); Luis Rafael Gálvez, Martha Cecilia Rivera (Estados Unidos); Jorge Torres, Jorge Nájar, Efer Arocha (Francia); Marta L. Canfield, Gabriel Impaglione (Italia); Marco Antonio Campos, José Ángel Leyva (México); Renato Sandoval (Perú); Luis Bravo (Uruguay); Luis Alejandro Contreras, Benito Mieses, Adalber Salas (Venezuela);
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NUESTROS AUTORES


Durante las próximas entregas publicaremos un avance de algunos de nuestros autores que estarán presentes en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, Abril 17 a Mayo 3 (2018). 
Común Presencia Editores
Colección Internacional de Literatura Los Conjurados. Pabellón 3, Piso 1º. Stand 133

Descripción: Francisco Delgado-ultima foto  

Dedo del Corazón
Con cinco dedos abrí caminos,
Con cuatro aré en las tierras de tu jardín,
Con tres peiné los lamentos,
Con dos pinté mil universos en tu mente,
Con uno te dije adiós.
Mon amour
Montaña de canela y caña,
noche rebelde de diamantes negros,
gavilán que sobrevuela al encantamiento
hasta el día de la cacería metálica.
Tierra y sangre desesperada,
afán de dos que no lograron ser uno,
canción de una guerrera inmortal,
humo seco en un lugar ajeno.
Semidiós
Despierta en el lugar desconocido,
cuestionando el envase en que navega.

Creador constante de la curva blanca,
inentendible, ermitaño de sí.

Sospecha de su origen y lo divulga
a la interpretación errada de los mortales.

Es fuego blanco que se adorna de sangre azul,
que medita entre diamantes de luna nueva,
con agujas de algodón clavadas en el pecho.
Es carruaje pulposo en cuevas deshonestas,
no es camino de salvación, es oro punzante,
es filamento de aullidos fúnebres,
es la canción violenta que se disfraza en un poema.
Viajero
El hombre de blanco,
el que observa por un triángulo
el pasado azul y verde.

El hombre de blanco,
el que llegó a la nívea amante
el día en que no sabía lo que hacía.

El hombre de blanco,
el que observa por un triángulo
la conquista de lo que no le pertenece.
Y al final
A mi mala memoria le pido
que en mi agonía fúnebre
me extienda la métrica
para declamar los versos de
un poeta enlagunado
que tiene mi rostro
pero no me recuerda.

MARTHA CECILIA RIVERA*

  Descripción: martica
II
Con desgano, Rebeca atravesó la playa en dirección hacia la carpa que compartía con Manuel Hidalgo, su esposo. Sin prisa. Presintió lujuria en el golpear furibundo de las olas, no solo por las oscilaciones y los movimientos, sino sobre todo por una cierta tensión del tiempo previo al choque con la arena, por la fuerza interna del agua, y por la sensación posterior de calma laxa. Descalza, no notó ninguna impresión caliente en las plantas de sus pies a pesar de que la arena ardía. Su larga falda blanca, delgada, se pegó a sus piernas y realzó sus muslos largos. Su blusa, en exceso breve, cautivó miradas que la hicieron sentirse soberana. Su piel de color claro, templada, turgente, desprendió esas gotas de sudor de hembra que circula a veces por el aire, alcanza los órganos de los sentidos masculinos y los perturba, los activa, los hostiga y los posee. Se gustó a sí misma. Comparó su estampa con la de otras mujeres en la playa y la encontró superior, perfecta. Mundana. Se enorgulleció de su propia imagen, de su belleza, de su ubicación en la vida, su matrimonio perfecto y su existencia plena. Saboreó el poder insobornable de su edad, ya antigua en el placer que trae la vida aunque todavía lo bastante joven para procurarlo a otros. También para apurarlo cada vez como agua fresca. Sus enormes ojos negros parecieron fijos en la arena inmensa aunque en realidad midieron la admiración que despertó a su paso. Su pecho ascendió, rebosado. De repente, un susurro se enredó en su pelo. Tenue. Suave. Tan imperceptible que en menos de un instante se desvaneció en el aire. Pensó que lo había imaginado y siguió caminando, despacio. De nuevo sintió que algo se enredó en su cabello, semejante a una especie de aleteo amorfo, negro, fuerte, espeso, que no desapareció en esta ocasión como antes. Se detuvo en seco y meneó la cabeza pero el aleteo continuó, insistente. Inquieta, elevó sus brazos y los agitó con movimiento de aspas en busca de un ave. Los bajó con parsimonia. Los levantó de nuevo. No encontró nada: ni pájaros, ni alas, ni siquiera insectos de tamaño grande. Introdujo ahora sus dedos entre su cabello y por un instante casi creyó haber rozado algo. Casi. Tironeó un poco, sin resultados. Nada voló en frente suyo, ni a su lado, ni encima ni entre los mechones de su pelo. Si el aleteo se produjo en realidad, se extinguió de prisa. Continuó su andar y llamó a Manuel a gritos pero el sonido que surgió desde sus labios no sonó como el suyo propio sino como el de alguien más, alguien ajeno. Repitió cada vocablo para escuchar su voz, con lentitud y en un tono bajo, y de nuevo percibió un acento diferente, agudo, extraño. Se estremeció. Incomprensible, el semblante amarillo y seco de una mujer vieja ocupó su mente durante un segundo y se desvaneció enseguida. Alcanzó a entrever, no obstante, una especie de sombrero negro. Parpadeó con fuerza y aceleró su paso. Una sensación de urgencia repentina empujó sus pensamientos hasta ese lugar inaccesible en donde el impulso atrapa a la mente y la domina. Nerviosa, se sintió impelida a mirar hacia los lados y hacia atrás, mientras sus pisadas se volvieron saltos raudos para acortar cuanto antes la distancia. Al llegar hasta su carpa, sin embargo, recibió un impacto que pareció congelar el tiempo y desviar el espacio. Su respiración se cortó casi por completo y olvidó el aleteo en su cabello. Tampoco pensó ya más en que su voz sonó distinta ni en el rostro amarillo abajo del sombrero negro. Su sudor dejó de correr en gotas ralas y se convirtió en cascada. Sus labios temblaron.

Manuel se encontraba en cuclillas en la arena. Un pañuelo de color verde papagayo cubría su cabeza de la forma como acostumbran a usar sus pañoletas las ancianas rezanderas en las iglesias. Su espalda encorvada sobre el resto de su cuerpo formó un ángulo estrecho con sus piernas y ocultó su traje de baño. Pareció estar desnudo por completo. Sus rodillas, flexionadas, mostraron el tono blanco de las coyunturas que han perdido irrigación de sangre después de permanecer dobladas por un largo rato. Los dedos de sus pies, tiesos y encorvados, parecieron garfios. Su cabeza inclinada, con su quijada clavada en el centro de su cuello y su frente paralela a la arena blanca, semejó el pico de un ave gigantesca. Lo peor fueron sus brazos. Extendidos hacia lado y lado en forma de alas desplegadas, permanecieron suspendidos en el aire, rígidos, contrarios a las leyes de la atracción del suelo, horizontales. El dedo meñique de cada una de las manos se ocultó debajo del pulgar, y los tres dedos restantes, extendidos y separados entre sí, recordaron la forma de unas garras. Rebeca se aproximó con ruido pero Manuel no pareció escucharla. No se incorporó ni movió sus manos. No levantó su cabeza, siquiera, ni abrió sus ojos, ni extendió los dedos de sus pies, ni habló ni respiró más fuerte. Asustada, balbuceó su nombre otra vez, en un tono bajo, sin obtener respuesta. Tampoco la obtuvo cuando lo llamó de nuevo con un grito. Se acercó aún otro poco y descubrió con pasmo que a pesar de su postura absurda Manuel estaba profundamente dormido. Su sueño, sereno aunque imperfecto. Su pecho inmóvil careció del movimiento leve que indica una respiración profunda. Su epidermis demasiado lisa, pegada a los huesos, semejó una tela vieja. Su cuerpo agarrotado, rígido, pareció encontrarse en estado de catatonia. O muerto. Lo tocó en el hombro de una forma leve que no logró despertarlo y en cambio, una baba blanca resbaló desde los labios tiesos. Lo zarandeó con fuerza ahora pero él no reaccionó ni se inmutó ni nada, y permaneció sin movimiento, congelado. Una melodía alegre que irrumpió en el aire, intempestiva, la distrajo. En instantes, un grupo de músicos entró en la playa. Vibrante, se escuchó un acorde festivo. Unos tambores resonaron, poderosos. Un acordeón produjo una cadencia larga. Un hombre arrugado, pequeño, agitó unas maracas y caminó adelante de la banda. Varios niños la persiguieron y la acompañaron con golpes de ramas de caña. Los adolescentes se mecieron al mismo ritmo y los hombres se incorporaron y gritaron interjecciones. La arena entera se sacudió al paso de los sonidos que poblaron el aire. El grupo musical se detuvo cerca de la carpa de Rebeca. Sin pausas, emprendió enseguida un son antiguo, uno de esos que parecen un himno a la patria y que resuenan alegres aunque llenos de añoranzas. Impregnó el alma vibrante de la playa con ese ritmo irrepetible del Caribe, único que canta a la tristeza al tiempo que obliga a bailar con alegría y esperanza. Desde los extremos de la playa, personas de toda edad se aproximaron. Un joven arrebató una maraca a un músico, la sacudió y blandió un sombrero de paja. Como en obediencia a una consigna, la gente se entregó de inmediato al baile. Con los brazos en el aire, mujeres y hombres palmotearon, se agitaron, movieron las caderas a un tiempo, a dos tiempos y un compás, a dos compases y un tiempo, en un delirio contaminante. Pecadores y niños, huérfanos y padres, ricos y feos, bailaron. Inesperada, la cercanía de la banda y del baile cayó como un aguacero de vergüenza encima de Rebeca. Abundante, frío. Cada movimiento de cadera pareció un escarnio a la inmovilidad de Manuel y a su postura inerme. Cada grito de alegría se estrelló contra el silencio de su pico de ave. Cada acorde de la banda hizo eco a su soledad de ser la única mujer con un esposo vivo convertido en estatua. O en cadáver. Cientos de pares de ojos parecieron observar con compasión sus esfuerzos por despertarlo. Las mujeres levantaron al bailar sus codos para imitar los brazos de Manuel, desplegados como alas, mientras los adolescentes flexionaron como él sus rodillas. La humillación la sofocó y la obligó a acercarse a los danzantes y a bailar con ellos. Su cuerpo se sacudió sin armonía. Sus pies se adhirieron a la arena, y se desprendieron enseguida, en secuencias de saltos pequeños, giros completos y giros intermedios. Sus brazos volaron libres por momentos y enseguida empuñaron sus puños cerrados con vehemencia. Frenética, inquieta, discordante, la suya no fue una danza feliz ni fácil. La algazara del corrillo se extendió en más canciones y mayor algarabía. Hasta las vendedoras de la playa se contagiaron de la euforia colectiva, y bailaron mientras sujetaron con sus manos sus enormes palanganas repletas de fruta encima de sus cabezas. La playa se transformó en una fiesta inmensa llena de canciones sucesivas que no perturbaron, sin embargo, a Manuel Hidalgo. Convertido en una piedra, continuó impasible. Petrificado. Ajeno. Dormido. De repente, la banda entonó una balada sobre un hombre enamorado de una mujer morena y Manuel, intempestivo, se incorporó, dio un salto hacia adelante y se unió al baile. Casi desarticulados, sus brazos giraron como remolinos al compás de la canción, y sus piernas largas se alternaron para patear la arena. Abrió su boca de un modo exagerado y coreó a los músicos con entusiasmo. “Yo adoro a mi negrita prohibida, a su amor pecaminoso yo lo adoro”, bramó varias veces. Como un estandarte, el pañuelo verde sobresalió por encima de todas las cabezas y forzó a las miradas a seguirlo. El aliento de Rebeca se cortó del todo. Aterrada y confusa, persiguió con pupilas desmesuradas la danza de marioneta incoherente que ejecutó su esposo. Dejó de bailar y experimentó el impulso absurdo de cubrirlo con una toalla de playa pero se contuvo. Manuel repitió el estribillo con un tono de voz conmovido, sincero, semejante al de una declaración romántica y Rebeca presintió, adolorida, que su canto iba dirigido a una mujer que no era ella. Sin palabras, una voz dijo de pronto que Manuel Hidalgo se había enamorado de una mujer trigueña. Otra voz altisonante anunció que había insectos en la cama. Rebeca saltó para esquivar el golpe de una ola enorme, elevó sus manos con la intención inexplicable de atrapar algún sonido, se agachó y cayó en la arena.

Martha Cecilia Rivera, Escritora y ensayista colombiana radicada en Chicago. En 2018 la editorial Ars Comunis, de Estados Unidos, publicó su más reciente novela La fatalidad de la gallina

ETERNIDAD VISIBLE DE MARÍA CLARA GONZÁLEZ

Descripción: ConjuMaríaClara

FRANCIS MESTRIES BENQUET*

Eternidad Visible es un gran poema espiritual, que habla de una desgarradura interior y una reconstrucción del Ser íntimo de la poeta a través de la unión con un Ser supremo, una transfiguración y transmutación del Yo poético luego de una historia de ausencia, desamor y enajenación. Transmite una experiencia existencial profunda, de éxtasis sin religión, de espiritualidad sin misticismo. Es la historia de una travesía del desierto y del despegue a una nueva vida tras una muda de piel, un desprendimiento de viejos afectos y añejas rutinas. Una resurrección anímica después de una etapa de disolución del Yo en el universo, y de emergencia de un nuevo Ser liberado, más sereno y sabio, más autónomo y ligero, como la garza que sabe fluir con el aire y volar contra la corriente en medio de la tormenta.
Este libro es pura poesía: es un decir no diciendo, balbuceando (cf. San Juan de la Cruz), un saber no sabiendo, un conocimiento inocente, primigenio de la vida. Y es un canto, o mejor un cántico, con su armonía interior y su ritmo pausado o sincopado, pautado por estrofas breves y versos condensados, que burilan sobre la página una arquitectura visual, casi un caligrama.
Es difícil salir indemne de su lectura, porque la emoción es su materia, decantada por una reflexión serena que solo un viaje iniciático por su vida interior puede madurar en la poeta, dueña de un estilo muy personal donde más que de personificación de la garza, se trata de identificación con ella, de "garcización" del yo poético.

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Poeta y profesor Licenciado en lengua y Literatura Española, Universidad París III-Sorbona, Francia, 1972. Maestría en Letras y Civilización Latinoamericana de la misma Universidad, 1974. Licenciado en Sociología y en Psicología Universidad de París VIII, 1972 y 1973. Profesor titular en Sociología, Universidad Autónoma Metropolitana, Azcapotzalco, México, D.F.

METAPHYSICA

Hay otro mundo,
escondido en este.
Nosotros lo sabemos al crepúsculo

Roger Munier

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CARTAS DE LOS LECTORES

CONFABULADOS: Excelente el artículo de Omar Ardila en su Tercera Parte sobre las Vanguardias cinematográficas. Cocteau es quizá el más poético de todos los directores franceses y este ensayo lo reafirma. Arturo Sanclemente

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AMIGOS CONFABULADOS: Interesante el comentario de Hernando Urrutia Entre el Chisme y la Verdad. Lástima que lo hubiera enfocado sólo a lo político, porque el chisme es una de las peores condiciones de nuestro pueblo, y se denigra de manera infame contra quienes no están de nuestra parte ni ejercen el servilismo a que muchos están acostumbrados. Pablo Iván López

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QUERIDOS CONFABULADOS: Inquietantes y muy interesantes los poemas publicados del poeta nariñense Aléxis Uscátegui. Felicitaciones a ustedes por su difusión y al poeta por ese nuevo libro. Omar Velasco
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